martes, 27 de noviembre de 2012

Aburrirse


aburrir (sinónimos):
  • cansar, hartar, fastidiar, hastiar, empalagar, cargar, molestar, agobiar
    • Antónimos: divertir, entretener, interesar, animar

Me robas el tiempo, dos horas contigo son como 10 minutos. Luego el tiempo vuelve a su normalidad . Me desacelero, me atempero.
No me aburro cuando no te veo. Pero el tiempo corre más lento. Si a eso le agregas que nos vemos poco, pues el tiempo se eterniza y entonces si me aburro. 

Prefiero los tiempos atemporales esos que no existen, esos que quiero inventar contigo.


viernes, 5 de octubre de 2012

Por fin las matemáticas me sirven de algo


Siempre me he considerado mala para las matemáticas. De hecho siempre tuve malas calificaciones en esa materia. El último año de prepa pase apenas con 6, luego de un par de extraordinarios.

Mi poca eficiencia en el tema me orilla de vez en cuando -sobre todo cuando estoy estresada- a soñar toda la noche que hago exámenes de matemáticas y que de pronto Monsieur Chauvet (el profe de dos metros y pelo blanco que tenía en secundaria) se acerca a regañarme que por que no me sé "par ceur" las reglas de las matemáticas . Horrible la escena -sobre todo porque la viví varías veces-.

Dicen que las matemáticas están asociadas a la lógica, y esa premisa me pone de frente dos cuestionamientos: ¿Soy mala por que no tengo lógica y no entiendo de lógica o mi lógica no es la de las matemáticas?

Mi nulo conocimiento de la materia no sólo me hace una torpe para sumar, restar y multiplicar, lo peor es que creó un handicap aparentemente muy necesario para la vida -decían los profesores-…Nada que una calculadora no pueda sanear, refuto.

En mi trabajo, las matemáticas son necesarias pero no únicas, basta saber aplicar la regla de tres, analizar estadísticas y con eso generar argumentos en defensa o en contra de un punto.
Sumar, sumar y sumar transa sobre transa, factura sobre factura para entender que esto no era tan complicado, simplemente es un negocio de nadie.
No entiendo por qué no se me dijo eso en mis años escolares; las matemáticas se vuelven practicas aliadas del periodista, siempre que este quiera invertirle dos dedos de frente a su trabajo.

Lejos de mis escenas de trauma de infancia y el handicap acumulado, yo sola he sabido encontrarle su sabor a las matemáticas y por qué no, a la economía en general.
La experiencia de vivir es ejemplo claro de lo que números -en un conjunto de posibilidades- pueden hacer en una persona cosas positivas o negativas.

 Sobre todo cuando se observa lo que pasa cuando uno suma y resta ideas.

Las ecuaciones de la vida

Hace unos meses desarrollé mi teoría de la economía del miedo, algo así como la economía de las emociones, muy inspirado en el "Egonómics" de Jon Elster.

Según mi observación, el miedo es moneda de cambio para mucha cosas, para ceder ante situaciones, para negarse a otras.
La gente lo sabe (nos lo hicieron aprender desde muy pequeños) todo es dominación… siempre que lo permitas.

El miedo como valor de mercado se sumerge en un mundo capitalista en donde unos ganan y otros pierden. 

En los últimos meses he pasado por una serie de situaciones que me hicieron analizar qué tanto estaba dispuesta a vivir negociando el miedo.

Y es que insisto, hacer cosas con miedo hace que innegablemente el otro gane o que los dos pierdan y eso no me gusta.
Hacer las cosas a cambio de miedo te hace también una persona jodida, tampoco me gusta.

¿Ven? Ésa es la lógica de mercado -así lo entiendo yo pues-, y como tal, siempre habrá alguien dispuesto a ofrecer más o a negarse a más por puro pinche miedo.

En esa lógica existen salidas. Una de ellas me gusta: el boicot al miedo. Así ni yo pierdo ni los demás ganan. ¡Vaya forma de neutralizar las cosas! Pues no es tarea sencilla.

El miedo es un valor clave en las relaciones de las personas, al menos las de mi generación, que ha sido fuertemente marcada por la cultura del miedo, de la incertidumbre…a veces traducida en violencia, más bien una generación que devalúa el respeto.

Pero más allá de boicots, me gusta pensar que al miedo se le puede neutralizar con amor -suena cursi ya sé, pero no está de más pensarlo- siempre que el amor no esté condicionado al miedo, al apego, a la inercia (tampoco es sencillo, pero no imposible).

Ayer me decidí a tomar nuevas rutas frente al miedo y creo que ahora sí Mr. Chauvet estaría orgullosa de mí, por que intento retomar la argumentación (lógica) que tanto insistió que aprendiera.

Las ecuaciones nunca fueron mi fuerte, pero creo que ésta que descubrí en medio de una conversación me da mucho sentido.

¿Qué pasaría si yo multiplico el tiempo con paciencia, le sumo todos los besos y abrazos necesarios, elevo el resultado a la potencia de cero incertidumbre algo así como confianza y resto todo rasgo del pasado?

El resultado: una súper buena chaqueta mental sobre cómo reorientar mi vida personal, y quizá una historia bonita llena de esperanza. Esto último es lo que más anhelo.

Por lo pronto toca ponerla en práctica, sin caer en la tentación de la prueba y el error -pues este juego se basa en el compromiso personal- tampoco se trata de justificar lo inevitable,  simplemente cuando no es, no es y punto. Eso no quita que yo siga pensando en que no me voy a dejar vencer por el miedo.

En lo que genero evidencias de mi nueva tesis, seguiré explorando en mis conocimientos básicos sobre matemáticas, tratando de hurgar en lo que sí conozco, en lo que sí me gusta, aprender a vivir  de una manera más chida, con valores propios y lejos de las lógicas tradicionales sobre qué sí y que no se debe sumar.


domingo, 20 de mayo de 2012

La tregua ronchil


Esta es una roncha curiosita con imagen de huella...
  Si, esto de las alergias ya trastornó mi psiqué.

Desde hace meses que tengo la sensación de que algo a mi alrededor se está moviendo. Bodas, muertes, despedidas, embarazos, distancias...todas se amontonan unas sobre de otras ocasionando en mí una severa preocupación interna. Mi mundo cambia. ¿Pero yo también?
En este discurso personal de que las cosas se están moviendo, me di cuenta que ha habido tremendas compañeras mías, que constantemente me recuerdan que transito por el mundo de lo incierto. Eso sí, encontrado cada vez con más luz, las pistas de que la bondad sigue presente en mi vida.
Confieso que estas compañeras de las que hablo no son las más fieles, ni las más animosas mucho menos tranquilas. En realidad son molestas, quejositas, chiquidadas, me mantienen alerta ante el mínimo adormilamiento de la piel. 
A veces pequeñas, otras veces monstruosas, siempre rojas y picosas. Se llaman ronchas, alergias...cabronas, da igual.
Desde la primera vez que entendí que las marcas que tenía el cuerpo no eran causa del ejercito de mosquitos -que según yo rondaban mi dermis- supe que curarlas no sería cosa sencilla.
Mi piel, esa frontera con el mundo, se ensancha ante el mínimo esfuerzo, tensión, pensamiento triste, como que si algo dentro procesara la vida de manera diferente o se sintiera harta de lo que ve, de lo que siente. 
Sí se lo que pasó en los últimos meses, pero no entraré en detalle. Sólo les diré que mi mente, mi corazón y mis anhelos llegaron al punto de quiebre, como cuando las macetas se rompen y la planta nunca vuelve a ser igual.
Derivada de la revolución interna, mi cuerpo se envolvió en principio de pequeñas manchas rojas, que luego fueron ronchitas y que después se convirtieron tortas ardientes y adictas a la cortizona. Ese maldito medicamento que llegó para jodernos la vida. 
Después de consumirla por tres meses y siete kilos más gorda, tuve la certeza de que la cura no la encontraría ahí. Recurrí a la homeopatía, un sistema lento pero seguro que me tiene por lo menos más cuerda. Luego vinieron los jugos, la programación neurolinguística y hasta el reiky... Si, ya sé, soy una exagerada, pero les reto a sobrevivir una comezón de 24 horas.
En el repaso de la sanación no debe olvidarse el momento de la incredulidad. En los nueve meses de enfermedad por lo menos tres fueron de absoluta irresponsabilidad. No hice nada por que juraba que nada me pasaba. 
Ahora pienso que las ronchas son una prueba en mi vida. A nueve meses de haber concientizado mi condición, creo que si esto hubiera sido un embarazo ya tendría entre mis brazos a un bello ser con cara de ronchita feliz.
Lo cierto es que con las alergias no hay vida más allá de lo que las paredes de mi cuerpo lo permitan.
Y después de tantos meses de comezón irracional, por fin empieza haber tregua entre los habitantes que ocupamos el cuerpo, la mente y el alma de Paloma. La situación sigue siendo complicada, ¿quién dijo que los pactos políticos eran sencillos?
La transacción entre los interesados ha fracasado en varias ocasiones pues la mente sigue obstinada en que tiene la razón y el cuerpo es apenas un bebé en el mundo que reconoce pero aún no controla. 
La voluntad llama a la inteligencia y sólo así mi piel permanece tranquila y a la vez expectante pues el miedo cede ante la efervescencia de querer estar mejor.
Ahora sé que todo está en una cabeza que domina cual dictador a un cuerpo que anhela estar en otro lado. Acompañado, ligero, seguro. 
Todo esto, en la cartelera de mis días. Sin duda este es un momento de redefiniciones.

 Valores, ideas, sueños que todavía conservo siguen en mi mente pero más en mi cuerpo, mi mundo cambia, yo sigo igual pero también diferente.
Y aunque en este momento mi situación de crisis no es tan dolorosa ni tan emocionante yo quiero resignificar mi cotidianidad y decirme abierta a lo que viene; dispuesta a ser más yo, para a mí y para los que comparten conmigo la vida.

viernes, 13 de enero de 2012

Miss Elotes

Si existe un dios, pues que bendiga a los eloteros de esta ciudad, si, hoy decidí que los eloteros merecen el cielo. Hoy comprendí que no hay nada más reconfortante que salir de trabajar y encontrarte a un elotero listo para atender con rapídez al amante del maíz.
Esos eloteros no se ven donde quiera, los de las esquinas de los templos y los que ahora combinan el elote con verduras y huevos cocidos tampoco valen... digo, no le saco a echarme un vasito, pero los buenos buenos, son los eloteros de vocación y no los agremiados a un sindicato.

El de ayer, se llamaba Martín, yo le calculo que tenía más de 70 años, pero sus brazos corriosos contradecían la inercia de sus arrugas. “Cómo le fue de inicio de año?”, me dijo. ¡Maravilloso! Un elotero ocupado de mi bienestar, -bueno, eso creí-. Lo cierto es que para ser elotero se necesitan obviamente frases que atrapen al cliente.

Yo no me resisto al olor dulzón que expiden las enormes ollas, baldes o tinas de aluminio repletas de elotes cocidos. Don Martín lo sabía y por se encargó de presentarme tres ejemplares para mi elección. Del fondo de la tina oxidada sacó un elote, que con la iluminación jodida que tiene esta ciudad, se veía dorado.
“Así con limoncito, sal y poco chile”, le dije, mientras la boca se me hacía agua.

Siempre que muerdo la fragilidad de los granos de un elote, me dan ganas de que la pieza se vaya alargando y así nunca dejar de comer. “¡Caray, este señor se merece el cielo!!”, pensé, y yo que creí que no había nada más jodido en una tarde que ir a una sesión del Instituto Electoral y...Saz, los milagros existen.

Creo que mi conexión con los eloteros viene de antes. Más bien viene de siempre. Mi abuelo paterno, al que nunca conocí fue elotero. No cualquiera, fue elotero en Los Ángeles California y luego en Chicago, de eso hace ya como 40 años.

Mi abuelo, mitigó la distancia y la soledad que cualquier viejo mexicano en Estados Unidos y decidió evadir las leyes gringas optando por vender elotes tiernos en las calles de la ciudad.

Mi papá asegura (y yo le creo) que mi abuelo Miguel no hablaba ni una palabra de inglés y que, a base de pura buena voluntad, buscó protegerse de las bandas de negros que a pocas cuadras vivían de la su casa. La solución: regalarles el tesoro mexa... maíz tiernito con mantequilla.
Así, con la complacencia de sus compatriotas que veían en él el recuerdo de lo que no tenían en Estados Unidos, mi abuelo hizo un dinerito extra, luego venía al pueblo con regalos de “Sirs” - que en léxico Samaritense- significa Sears, una tienda departamental gringa.

Cuando como elotes, también recuerdo que era mi única motivación en mi infancia para salir a caminar todas las tardes con mi abuela materna -y dejar a un lado mis bricolajes- era el premio: un vasito chiquito de elotitos.
Vivíamos por Ciudad del Sol y dábamos dos o tres vueltas a la manzana, en el recorrido pasábamos por las esquina del antojito, y mi abuela me decía, “¿qué prefiereres, una paleta de hielo o un elote?”, juro y perjuro que el 95 por ciento de mis respuestas la mazorquita fue la elegida.

Ahora que mi abuela ya no está y que vivo en esos lugares en donde las tienditas, las heladerías y los eloteros son escenarios exóticos, pedir auxilio a un elotero es un acto que me remite a mi historia y me recuerda a los míos y por eso pido al dios del maíz la absolución de los eloteros, ojo sólo los outsiders como mi abuelo Miguel o Don Martín que andan en súper triciclos adecuados con bocina, cargando a los nietos y con sonrisa en la boca, repartiendo a amor -todavía- por 10 pesitos.