martes, 2 de noviembre de 2010
lunes, 1 de noviembre de 2010
Miss Frivolidad Tapatía

La mujer más bella del mundo, un ejemplo para las nuevas generaciones: Aristóteles
Paloma Robles
Publicado en La Jornada Jalisco 22/09/2010
La sala de Cabildo del Ayuntamiento de Guadalajara se convirtió ayer en un salón de eventos sociales, por la visita de Jimena Navarrete, recién convertida en Miss Universo.
Un público casi totalmente masculino, se dio cita en el lugar; en su mayoría políticos, ediles, diputados y una que otra eminencia del jet set tapatío. No podían faltar familiares; padre y madre del primer edil, estuvieron ahí compartiendo la felicidad de ver a la tapatía.
El evento fue rico en detalles de ostentación, vestidos brillosos, tacones altos, maquillaje y peinados de salón; regidoras que parecían añorar sus años mozos.
En la comida que ofreció la tarde de ayer el municipio de Guadalajara, a la joven soberana se le vio agobiada por las decenas de fotógrafos que acosaban su perfil. No pictures, please –léase, “no fotos, por favor”– la consigna de su manager fue en vano.
Vinieron luego el acto protocolario y la entrega de un vistoso reconocimiento. No hubo ningún mensaje político, ninguna consigna social que justificara los fastos del convite. Las felicitaciones y los elogios no pararon para la hoy famosa Jimena.
Primero habló la regidora Gloria Judith Rojas Maldonado, que en su carácter de presidenta de la Comisión Edilicia de Derechos Humanos y Equidad de Género enunció: ”hablar de Jimena Navarrete es hablar de una mujer que quiso cumplir un sueño y lo logró, quiso trascender como mujer y lo hizo”.
En el mismo tenor se expresó el presidente municipal, Jorge Aristóteles Sandoval, quien expuso que “si bien es cierto que siempre se decía que en Guadalajara están las mujeres más bellas del país, ahora nos congratulamos en decir que tenemos a las mujeres y a la mujer más bella de todo el mundo. Esto es un ejemplo y una enseñanza que llevará a todos los jóvenes y nuevas generaciones a crecer con ideales, con entusiasmo y confiar en que pueden hacerlos realidad”.
La reina de la belleza, de apenas 22 años, firmó el libro de visitas distinguidas; se dijo halagada por el festejo. La invitada de honor se sentó en la mesa con el alcalde y los líderes de las fracciones edilicias, entre ellos Javier Galván del PRI, Jorge Salinas del PAN y Gamaliel Ramírez del Partido Verde. También Lorenza Dipp de Torres Lampe, representante de la asociación Guadalajara Capital Cultural y Mauricio Navarro Gárate, secretario de Promoción Económica del ayuntamiento.
Tequila, whisky, cognac, meseros corriendo por los pasillos de la sala del pleno del Ayuntamiento convertida en un escenario digno de portada de sociales. Las mesas con montaje de gala, cual si fuera una boda. Eventos La Sauceda sirvió un abundante menú de varios tiempos, en el que se incluía un quiché de cuitlacoche, salmón al horno en cama de fetuccini y salsa de melón con menta. Y para los golosos, strudel de manzana o pay de nuez servidos a la mode, con helado de vainilla.
Antes, a las casi tres y media de la tarde retiraron a los periodistas que seguían en el lugar, “por órdenes del manager necesito que se retiren”, exigió una mujer, que con lista de asistentes en mano, se dijo parte del personal de producción de Miss Universo, “Si no, no le van a servir a Jimena”, justificó.
A los postres, la clase política local celebró el triunfo de Jimena Navarrete, quien, en las originales palabras de más de uno “puso a México en alto”, y todos contentos, sumergidos en un protocolo inusitado, viviendo el sueño hecho realidad de una tapatía de carne y –mucho– hueso convertida en reina. Y entre alcohol, ajuares a la moda, comida de banquete y las consabidas fotos del recuerdo, la sala de Cabildo del Ayuntamiento de Guadalajara se convirtió en el marco perfecto para la frivolidad.
Paloma Robles
Publicado en La Jornada Jalisco 22/09/2010
La sala de Cabildo del Ayuntamiento de Guadalajara se convirtió ayer en un salón de eventos sociales, por la visita de Jimena Navarrete, recién convertida en Miss Universo.
Un público casi totalmente masculino, se dio cita en el lugar; en su mayoría políticos, ediles, diputados y una que otra eminencia del jet set tapatío. No podían faltar familiares; padre y madre del primer edil, estuvieron ahí compartiendo la felicidad de ver a la tapatía.
El evento fue rico en detalles de ostentación, vestidos brillosos, tacones altos, maquillaje y peinados de salón; regidoras que parecían añorar sus años mozos.
En la comida que ofreció la tarde de ayer el municipio de Guadalajara, a la joven soberana se le vio agobiada por las decenas de fotógrafos que acosaban su perfil. No pictures, please –léase, “no fotos, por favor”– la consigna de su manager fue en vano.
Vinieron luego el acto protocolario y la entrega de un vistoso reconocimiento. No hubo ningún mensaje político, ninguna consigna social que justificara los fastos del convite. Las felicitaciones y los elogios no pararon para la hoy famosa Jimena.
Primero habló la regidora Gloria Judith Rojas Maldonado, que en su carácter de presidenta de la Comisión Edilicia de Derechos Humanos y Equidad de Género enunció: ”hablar de Jimena Navarrete es hablar de una mujer que quiso cumplir un sueño y lo logró, quiso trascender como mujer y lo hizo”.
En el mismo tenor se expresó el presidente municipal, Jorge Aristóteles Sandoval, quien expuso que “si bien es cierto que siempre se decía que en Guadalajara están las mujeres más bellas del país, ahora nos congratulamos en decir que tenemos a las mujeres y a la mujer más bella de todo el mundo. Esto es un ejemplo y una enseñanza que llevará a todos los jóvenes y nuevas generaciones a crecer con ideales, con entusiasmo y confiar en que pueden hacerlos realidad”.
La reina de la belleza, de apenas 22 años, firmó el libro de visitas distinguidas; se dijo halagada por el festejo. La invitada de honor se sentó en la mesa con el alcalde y los líderes de las fracciones edilicias, entre ellos Javier Galván del PRI, Jorge Salinas del PAN y Gamaliel Ramírez del Partido Verde. También Lorenza Dipp de Torres Lampe, representante de la asociación Guadalajara Capital Cultural y Mauricio Navarro Gárate, secretario de Promoción Económica del ayuntamiento.
Tequila, whisky, cognac, meseros corriendo por los pasillos de la sala del pleno del Ayuntamiento convertida en un escenario digno de portada de sociales. Las mesas con montaje de gala, cual si fuera una boda. Eventos La Sauceda sirvió un abundante menú de varios tiempos, en el que se incluía un quiché de cuitlacoche, salmón al horno en cama de fetuccini y salsa de melón con menta. Y para los golosos, strudel de manzana o pay de nuez servidos a la mode, con helado de vainilla.
Antes, a las casi tres y media de la tarde retiraron a los periodistas que seguían en el lugar, “por órdenes del manager necesito que se retiren”, exigió una mujer, que con lista de asistentes en mano, se dijo parte del personal de producción de Miss Universo, “Si no, no le van a servir a Jimena”, justificó.
A los postres, la clase política local celebró el triunfo de Jimena Navarrete, quien, en las originales palabras de más de uno “puso a México en alto”, y todos contentos, sumergidos en un protocolo inusitado, viviendo el sueño hecho realidad de una tapatía de carne y –mucho– hueso convertida en reina. Y entre alcohol, ajuares a la moda, comida de banquete y las consabidas fotos del recuerdo, la sala de Cabildo del Ayuntamiento de Guadalajara se convirtió en el marco perfecto para la frivolidad.
Migración Indígena I
Invisibles, los migrantes indígenas de la ZMG optan por el comercio informal
Primera de III partes
Paloma Robles
Publicado en La Jornada Jalisco 26/05/2010
La migración indígena es imperceptible en una ciudad que se empeña en no mirar a sus adentros. Hasta hoy, son tres las generaciones de habitantes pluriéctnicos, venidos de todas partes de México, que ven rotas sus ilusiones al sentirse acosados por las exigencias propias de una urbe. Las batallas del hambre se libran día a día, mientras que la discriminación, la falta de oportunidades de trabajo y de vivienda continúan en la lista –eterna- de deuda social y gubernamental.
La colonia Las Pintitas, en el municipio de Tlaquepaque, alberga un centenar de otomíes que habitan desde hace algunas décadas la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG).
Hace 25 años se dio la última gran diáspora del campo a la ciudad de esa comunidad. Desde entonces, su fuente de trabajo ha estado siempre del lado del comercio informal, la venta de papas fritas los ha sostenido en el mercado y les ha permitido trascender en lo económico con respecto a otras etnias también asentadas aquí en Guadalajara.
A la una de la tarde, Casilda Morales, con una bolsa llena de papas fritas y un cajón de unicel reforzado con mecate, parte todos los días rumbo al Centro Histórico de Guadalajara con la esperanza de “mover” su producto. Toma dos camiones en su trayecto de ida, cuatro en total.
El comercio de las papas fritas le ha dado sustento a ella y a su familia durante 28 años que lleva en Guadalajara, años que no le han bastado para olvidar el sabor de su tierra en Querétaro, ni el olor de su pueblo, Santiago Mezquititlán, en el municipio de Amealco, al que añora regresar, posibilidad que ve francamente imposible. Tuvo que abandonar su pueblo porque así lo decidieron sus padres; extraña las tortillas naturales, los frijoles, los nopales recién cortados, “aquí no es lo mismo”, dice.
La Plaza Tapatía y el Mercado San Juan de Dios son su segundo hogar. Se relaciona poco con las demás mujeres indígenas con las que comparte piso, como las mixtecas de Oaxaca que tejen bolsas o las tzotziles de Chiapas que venden bordados, “cada quien hace su lucha” declara.
Ya perdió la cuenta de cuántas veces le han quitado su mercancía, “nos dicen los inspectores que no podemos vender ahí”, pero ella se pregunta: “¿dónde más?, si en el centro no se vende, menos en la orilla”.
Expresa la otomí que tan sólo en lo que va del año, los inspectores del Ayuntamiento le han quitado por lo menos 20 veces su producto. Calcula que pierde en cada retirada unos 400 pesos.
“Pero corro y busco otro cajón con papas”, dice: “ya dijimos que con nosotros no van a poder, imagínese, de eso nos mantenemos”.
La arpilla de papa, tipo fiana o atlante (especial para freír) que compra cada semana en el Mercado de Abastos, le cuesta de 800 a mil pesos dependiendo la temporada. Un kilo de papas fritas le da 200 pesos en ganancias y eso regularmente es lo que procura vender cada día para sostener a sus siete hijos.
Sin embrago, la temporada de calor no es su mejor época ya que sus ventas se caen por mitad.
“La gente prefiere aguas, raspados, frutas, cosas frescas porque la papa causa sed”, explica.
Ella afirma que no se anima a cambiar de giro porque es “una tradición familiar” además de que es fácil transportar su producto.
Según los cálculos de Casilda, alrededor del centro de la ciudad hay un aproximado de 400 vendedoras de papas. Niñas, jóvenes, incluso familias que al calor de la tarde esperan que algún transeúnte compre una bolsita por 15 pesos.
Migración, ¿dónde están?
Son invisibles en una ciudad que se rehúsa a autodenominarse pluriétnica y prefiere ocultar su realidad en términos de lo estrictamente “mestizo”, refiere el antropólogo Francisco Talavera, especialista en el tema de migración indígena, quien critica la poca visión de los gobiernos y de los ciudadanos para entender que el fenómeno de la migración no es cosa menor ni reciente.
El académico explicó que el tema, por el contrario, es antiguo. Desde los años 60 Guadalajara se ha convertido en destino para los indígenas, sin embargo, eso no ha tenido resonancia en las autoridades locales que tienen “olvidado” el asunto.
Los datos con respecto a cuántos y quiénes son los indígenas migrantes que habitan la ciudad son ambiguos. Las cifras que arroja el INEGI datan del año 2000 y la actualización en base al Conteo Nacional que hizo el Consejo Estatal de Población (Coepo) es de 2005.
En ambos documentos se estima que en eleEstado de Jalisco existe la presencia de 70 mil 304 indígenas, de los cuales 35 mil 264 son hombres y 35 mil 400 son mujeres y representan el 1 por ciento de la población total de la entidad. Según cifras mostradas, entre el año 2000 y 2005, 6 mil 215 hablantes de lengua indígena migraron a Jalisco procedentes en su mayoría de otro estado de la República.
Detalla el censo que la población indígena está dispersa en en toda la entidad y que 49 mil de ellos habitan en la ZMG, cifra que representa el 70 por ciento de la población total indígena en el estado; aproximadamente 35 mil son de otra entidad y representan a 43 etnias diferentes.
De acuerdo al último conteo de población, en Jalisco, 42 mil 372 personas hablan alguna lengua indígena, el 22.8 por ciento son niños que tienen entre 5 y 14 años; 37.6 por ciento son jóvenes entre 15 y 29 años; 22.4 por ciento tienen entre 30 y 44 años; 10.7 por ciento se ubican entre 45 y 59 años y 6.5 por ciento, tienen 60 años o más.
Fortino Domínguez, encargado de la División de Migración de la Unidad de Apoyo a Comunidades Indígenas (UACI), refuta los números:
“El único elemento para que el Estado defina si eres indígena o no, es si hablas una lengua y de allí hay fenómenos interesantes”, expresa Domínguez, quien explica que la lengua “ha perdido centralidad para definir si eres migrante o no”.
Las cifras oficiales son engañosas a la hora de definir cuántos indígenas están asentados en el estado. “Me atrevo a pensar que fácilmente sólo representan un 60 por ciento de las cifras reales”.
Las lenguas más habladas en la ciudad son: purépecha, mixteca, zapoteca y otomí, en menor proporción están las lenguas Mazahua, huasteco, totonaca, tzetzal y maya.
Zapopan registra una presencia de 16 mil 600 habitantes indígenas, este municipio ocupa el primer lugar a nivel nacional en recepción de migrantes, en su mayoría Purépechas; seguido de Guadalajara con 9 mil 675; Tlaquepaque con 5 mil 864; Tonalá 2 mil 941 y Tlajomulco con mil 655 aunque a decir de Héctor García Navarro, coordinador de extensión territorial del municipio y de asuntos indígenas de Tlajomulco son 464.
Además de los asentamientos en los primeros cuadros de los municipios de la ZMG, según cifras oficiales, los indígenas tienen presencia en más de 50 colonias, -en su mayoría ubicadas en la periferia- tales como: Álvaro Obregón, La Ferrocarril, Patria Nueva, Francisco I. Madero, Blanco y Cuellar en Guadalajara; El Rosario, Miramar, Constancio Hernández en Tonalá; Balcones del Sol, La 12 de diciembre, San Isidro, Santa Margarita, el Colli, Paraísos del Colli, Arenales Tapatíos en Zapopan y el Cerro del 4, Las Juntas, Las Pintitas, Nueva Santa María y Lomas del Tapatío, en Tlaquepaque.
También se le ubica en Haciendas de Santa Fe y Chulavista, estas últimas en el municipio de Tlajomulco, famosas por su enorme densidad poblacional que ha llevado a cifras alarmantes en materia de delincuencia y marginación.
El primer documento, realizado recientemente, que habla de la situación actual de los migrantes de origen étnico, es el CENSO Indígena 2008 ¿Quiénes son y donde están? Los Indígenas de la Zona Metropolitana de Guadalajara, levantado en 35 colonias de la Zona Metropolitana y elaborado por el Fondo Regional de Indígenas Migrantes, que revela que las razones de la migración indígena del campo a la ciudad son muy variadas. Algunos expresan que vinieron porque sus padres así lo decidieron, otros optaron por reunirse con la familia; unos más porque se casaron. El dato coincidente en todos los casos es que no había trabajo en sus lugares de origen.
Los purépechas de Michoacán de la colonia La Noria, en Zapopan, explican que vinieron aquí a raíz de un incendio del cerro colindante a su pueblo. De esa comunidad indígena, algunos todavía se dedican a la carpintería aunque, por falta de trabajo en ese ramo la mayoría ha mutado su oficio a la albañilería.
En la ciudad hay registros de unos 19 campamentos muebleros, todos ellos son dirigidos por purépechas, informa Francisco Talavera.
Otra razón en la migración, es la tradición, como sucede en la comunidad Nahua del interior de la república, donde desde hace una treintena de años las mujeres migran con la esperanza de que algún familiar o conocido les consiga trabajo como empleadas de casa.
En años pasados trascendió en los medios de comunicación los señalamientos discriminatorios de los vecinos de la colonia Providencia al denunciar actos de “delincuencia” de ese grupo indígena que paradójicamente trabajan casi en su totalidad en las casas de esa zona.
También están los Mixtecos de la sierra de Oaxaca, que desde los años setenta están asentados en la colonia Ferrocarril. Catalogada por lo demás grupos étnicos, como la de “los grillos”, esta comunidad y en específico los pertenecientes a San Andrés, ha estado muy ligada al gobierno de Emilio González, quien al inicio de sus administraciones como presidente municipal de Guadalajara y gobernador del estado, hasta se quedó a dormir en casa de uno de ellos.
Las mujeres en esta comunidad se dedican a las artesanías y realizan bolsas de mano tejidas con rafia de plástico, otras más elaboran mole y lo venden en parroquias. Los hombres, por su parte, son jardineros y algunos de ellos músicos de banda.
El Censo Indígena indica que de los 518 entrevistados, el 43 por ciento están desempleados; un 20 por ciento se dedica sólo a hacer quehaceres del hogar.
Del 75 por ciento que dijo al menos estar ocupado en alguna actividad, 30 por ciento de ellos es estudiante, le siguen los vendedores ambulantes de artesanías, frituras y aguas frescas. De los empleados, 72 por ciento gana menos de mil pesos a la semana. Los sitios de trabajo van desde talleres, la calle, la casa y los mercados.
Primera de III partes
Paloma Robles
Publicado en La Jornada Jalisco 26/05/2010
La migración indígena es imperceptible en una ciudad que se empeña en no mirar a sus adentros. Hasta hoy, son tres las generaciones de habitantes pluriéctnicos, venidos de todas partes de México, que ven rotas sus ilusiones al sentirse acosados por las exigencias propias de una urbe. Las batallas del hambre se libran día a día, mientras que la discriminación, la falta de oportunidades de trabajo y de vivienda continúan en la lista –eterna- de deuda social y gubernamental.
La colonia Las Pintitas, en el municipio de Tlaquepaque, alberga un centenar de otomíes que habitan desde hace algunas décadas la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG).
Hace 25 años se dio la última gran diáspora del campo a la ciudad de esa comunidad. Desde entonces, su fuente de trabajo ha estado siempre del lado del comercio informal, la venta de papas fritas los ha sostenido en el mercado y les ha permitido trascender en lo económico con respecto a otras etnias también asentadas aquí en Guadalajara.
A la una de la tarde, Casilda Morales, con una bolsa llena de papas fritas y un cajón de unicel reforzado con mecate, parte todos los días rumbo al Centro Histórico de Guadalajara con la esperanza de “mover” su producto. Toma dos camiones en su trayecto de ida, cuatro en total.
El comercio de las papas fritas le ha dado sustento a ella y a su familia durante 28 años que lleva en Guadalajara, años que no le han bastado para olvidar el sabor de su tierra en Querétaro, ni el olor de su pueblo, Santiago Mezquititlán, en el municipio de Amealco, al que añora regresar, posibilidad que ve francamente imposible. Tuvo que abandonar su pueblo porque así lo decidieron sus padres; extraña las tortillas naturales, los frijoles, los nopales recién cortados, “aquí no es lo mismo”, dice.
La Plaza Tapatía y el Mercado San Juan de Dios son su segundo hogar. Se relaciona poco con las demás mujeres indígenas con las que comparte piso, como las mixtecas de Oaxaca que tejen bolsas o las tzotziles de Chiapas que venden bordados, “cada quien hace su lucha” declara.
Ya perdió la cuenta de cuántas veces le han quitado su mercancía, “nos dicen los inspectores que no podemos vender ahí”, pero ella se pregunta: “¿dónde más?, si en el centro no se vende, menos en la orilla”.
Expresa la otomí que tan sólo en lo que va del año, los inspectores del Ayuntamiento le han quitado por lo menos 20 veces su producto. Calcula que pierde en cada retirada unos 400 pesos.
“Pero corro y busco otro cajón con papas”, dice: “ya dijimos que con nosotros no van a poder, imagínese, de eso nos mantenemos”.
La arpilla de papa, tipo fiana o atlante (especial para freír) que compra cada semana en el Mercado de Abastos, le cuesta de 800 a mil pesos dependiendo la temporada. Un kilo de papas fritas le da 200 pesos en ganancias y eso regularmente es lo que procura vender cada día para sostener a sus siete hijos.
Sin embrago, la temporada de calor no es su mejor época ya que sus ventas se caen por mitad.
“La gente prefiere aguas, raspados, frutas, cosas frescas porque la papa causa sed”, explica.
Ella afirma que no se anima a cambiar de giro porque es “una tradición familiar” además de que es fácil transportar su producto.
Según los cálculos de Casilda, alrededor del centro de la ciudad hay un aproximado de 400 vendedoras de papas. Niñas, jóvenes, incluso familias que al calor de la tarde esperan que algún transeúnte compre una bolsita por 15 pesos.
Migración, ¿dónde están?
Son invisibles en una ciudad que se rehúsa a autodenominarse pluriétnica y prefiere ocultar su realidad en términos de lo estrictamente “mestizo”, refiere el antropólogo Francisco Talavera, especialista en el tema de migración indígena, quien critica la poca visión de los gobiernos y de los ciudadanos para entender que el fenómeno de la migración no es cosa menor ni reciente.
El académico explicó que el tema, por el contrario, es antiguo. Desde los años 60 Guadalajara se ha convertido en destino para los indígenas, sin embargo, eso no ha tenido resonancia en las autoridades locales que tienen “olvidado” el asunto.
Los datos con respecto a cuántos y quiénes son los indígenas migrantes que habitan la ciudad son ambiguos. Las cifras que arroja el INEGI datan del año 2000 y la actualización en base al Conteo Nacional que hizo el Consejo Estatal de Población (Coepo) es de 2005.
En ambos documentos se estima que en eleEstado de Jalisco existe la presencia de 70 mil 304 indígenas, de los cuales 35 mil 264 son hombres y 35 mil 400 son mujeres y representan el 1 por ciento de la población total de la entidad. Según cifras mostradas, entre el año 2000 y 2005, 6 mil 215 hablantes de lengua indígena migraron a Jalisco procedentes en su mayoría de otro estado de la República.
Detalla el censo que la población indígena está dispersa en en toda la entidad y que 49 mil de ellos habitan en la ZMG, cifra que representa el 70 por ciento de la población total indígena en el estado; aproximadamente 35 mil son de otra entidad y representan a 43 etnias diferentes.
De acuerdo al último conteo de población, en Jalisco, 42 mil 372 personas hablan alguna lengua indígena, el 22.8 por ciento son niños que tienen entre 5 y 14 años; 37.6 por ciento son jóvenes entre 15 y 29 años; 22.4 por ciento tienen entre 30 y 44 años; 10.7 por ciento se ubican entre 45 y 59 años y 6.5 por ciento, tienen 60 años o más.
Fortino Domínguez, encargado de la División de Migración de la Unidad de Apoyo a Comunidades Indígenas (UACI), refuta los números:
“El único elemento para que el Estado defina si eres indígena o no, es si hablas una lengua y de allí hay fenómenos interesantes”, expresa Domínguez, quien explica que la lengua “ha perdido centralidad para definir si eres migrante o no”.
Las cifras oficiales son engañosas a la hora de definir cuántos indígenas están asentados en el estado. “Me atrevo a pensar que fácilmente sólo representan un 60 por ciento de las cifras reales”.
Las lenguas más habladas en la ciudad son: purépecha, mixteca, zapoteca y otomí, en menor proporción están las lenguas Mazahua, huasteco, totonaca, tzetzal y maya.
Zapopan registra una presencia de 16 mil 600 habitantes indígenas, este municipio ocupa el primer lugar a nivel nacional en recepción de migrantes, en su mayoría Purépechas; seguido de Guadalajara con 9 mil 675; Tlaquepaque con 5 mil 864; Tonalá 2 mil 941 y Tlajomulco con mil 655 aunque a decir de Héctor García Navarro, coordinador de extensión territorial del municipio y de asuntos indígenas de Tlajomulco son 464.
Además de los asentamientos en los primeros cuadros de los municipios de la ZMG, según cifras oficiales, los indígenas tienen presencia en más de 50 colonias, -en su mayoría ubicadas en la periferia- tales como: Álvaro Obregón, La Ferrocarril, Patria Nueva, Francisco I. Madero, Blanco y Cuellar en Guadalajara; El Rosario, Miramar, Constancio Hernández en Tonalá; Balcones del Sol, La 12 de diciembre, San Isidro, Santa Margarita, el Colli, Paraísos del Colli, Arenales Tapatíos en Zapopan y el Cerro del 4, Las Juntas, Las Pintitas, Nueva Santa María y Lomas del Tapatío, en Tlaquepaque.
También se le ubica en Haciendas de Santa Fe y Chulavista, estas últimas en el municipio de Tlajomulco, famosas por su enorme densidad poblacional que ha llevado a cifras alarmantes en materia de delincuencia y marginación.
El primer documento, realizado recientemente, que habla de la situación actual de los migrantes de origen étnico, es el CENSO Indígena 2008 ¿Quiénes son y donde están? Los Indígenas de la Zona Metropolitana de Guadalajara, levantado en 35 colonias de la Zona Metropolitana y elaborado por el Fondo Regional de Indígenas Migrantes, que revela que las razones de la migración indígena del campo a la ciudad son muy variadas. Algunos expresan que vinieron porque sus padres así lo decidieron, otros optaron por reunirse con la familia; unos más porque se casaron. El dato coincidente en todos los casos es que no había trabajo en sus lugares de origen.
Los purépechas de Michoacán de la colonia La Noria, en Zapopan, explican que vinieron aquí a raíz de un incendio del cerro colindante a su pueblo. De esa comunidad indígena, algunos todavía se dedican a la carpintería aunque, por falta de trabajo en ese ramo la mayoría ha mutado su oficio a la albañilería.
En la ciudad hay registros de unos 19 campamentos muebleros, todos ellos son dirigidos por purépechas, informa Francisco Talavera.
Otra razón en la migración, es la tradición, como sucede en la comunidad Nahua del interior de la república, donde desde hace una treintena de años las mujeres migran con la esperanza de que algún familiar o conocido les consiga trabajo como empleadas de casa.
En años pasados trascendió en los medios de comunicación los señalamientos discriminatorios de los vecinos de la colonia Providencia al denunciar actos de “delincuencia” de ese grupo indígena que paradójicamente trabajan casi en su totalidad en las casas de esa zona.
También están los Mixtecos de la sierra de Oaxaca, que desde los años setenta están asentados en la colonia Ferrocarril. Catalogada por lo demás grupos étnicos, como la de “los grillos”, esta comunidad y en específico los pertenecientes a San Andrés, ha estado muy ligada al gobierno de Emilio González, quien al inicio de sus administraciones como presidente municipal de Guadalajara y gobernador del estado, hasta se quedó a dormir en casa de uno de ellos.
Las mujeres en esta comunidad se dedican a las artesanías y realizan bolsas de mano tejidas con rafia de plástico, otras más elaboran mole y lo venden en parroquias. Los hombres, por su parte, son jardineros y algunos de ellos músicos de banda.
El Censo Indígena indica que de los 518 entrevistados, el 43 por ciento están desempleados; un 20 por ciento se dedica sólo a hacer quehaceres del hogar.
Del 75 por ciento que dijo al menos estar ocupado en alguna actividad, 30 por ciento de ellos es estudiante, le siguen los vendedores ambulantes de artesanías, frituras y aguas frescas. De los empleados, 72 por ciento gana menos de mil pesos a la semana. Los sitios de trabajo van desde talleres, la calle, la casa y los mercados.
Migración Indígena II
Retener u olvidar sus costumbres, la paradoja de los migrantes indios en la ZMG
Segunda de III Partes
Paloma Robles
Publicado en La Jornada Jalisco 27/05/2010
Al menos el 41 por ciento de la población de migrantes indígenas en el estado, sufren una doble discriminación, pues explican que al principio eran excluidos porque hablaban su lengua materna y ahora lo son porque abandonan su práctica para buscar integrarse a la sociedad y sentirse admitidos.
“Antes nos excluían porque hablábamos nuestra lengua y el Estado se aferraba a que la dejáramos de hablar, ahora nos excluyen porque ya no la hablamos” expresa Fortino Domínguez, indígena zoque de Chiapas e integrante de la Unidad de Apoyo a Comunidades Indígenas (UACI) de la Universidad de Guadalajara.
El censo Indígena 2008, elaborado por el Fondo Regional de Indígenas Migrantes, detalla que el 72 por ciento de los encuestados ya nacieron en el estado de Jalisco, sin embargo, el 19 por ciento no saben leer ni escribir.
Domínguez señala que en la literatura que existe en materia de migración indígena hay tres constantes: “siempre se estudia a los grupos con mayor población, a los que viven de manera conjunta y a los indígenas que están arraigados en un nicho económico. Pero existen muchos pueblos en la ciudad que no figuran en estos parámetros de medición y están olvidados y desatendidos, desde lo gubernamental hasta lo académico”. Mientras hay constantes que “se mantienen y se agudizan, como la discriminación, el racismo, el acceso al trabajo y la falta de vivienda”, denuncia.
El caso de María Hilaria Martínez es peculiar, ella desde muy joven decidió abandonar a su comunidad -triqui de Oaxaca asentada en la Riviera de Chapala-, para radicar sola en la ZMG.
Hace 20 años se estableció en Tlaquepaque, en el tercer piso del mercado municipal. Atiende tres puestos. Allí mismo vive en compañía de dos de sus hermanas y su hija, esta última, estudiante de contaduría en la Universidad de Guadalajara.
Dice que vive más tranquila que si estuviera con su gente en Chapala, “es difícil convivir con ellos, es que sólo quieren imponer, así no es la cosa, tú vas hacer la lucha y ya no tienen por qué obligarte a nada, se trata de que a todos nos vaya bien”, expuso.
Hilaria teje morrales con la técnica de cintura que aprendió de su abuela. También vende cazuelas de barro, cerámica barata traída de Tonalá y nacimientos de todos colores y tamaños. Aunque al rededor no se ven clientes, ella refiere que está siempre a la espera de algún turista, “haber qué les gusta”. Llegó a ese local gracias a que su papá migró antes que ella y le allanó el camino.
“Era una señora güera la que se lo ofreció y cuando fui a verla me dijo que tenía que afiliarme a la CROC para que yo no tuviera problemas para vender. Me dijo: ‘te van ofrecer un área de trabajo, te van a proteger, si quieres un área dentro de la zona va haber un espacio’, luego fui con ella a las reuniones y me dio este lugar, aquí vivo y trabajo”.
Alrededor, el escenario no es muy alegre. Los cables de luz corren desordenadamente por el viejo techo de lámina. Hay cajas, plásticos y maderas empotradas por todas partes. Un polvo espeso invade cada pieza en exhibición, algunas son figuras decorativas anticuadas, inservibles.
Un olor rancio se desprende desde las plantas bajas del edificio. Se escucha el eco del mercado, “¡pásele, pásele!”, mientras la mujer concede la entrevista sentada en una silla chaparrita, muy cerca del ventanal que da a la calle. En las paredes todavía quedan rastros de lo que fuera un estacionamiento. Todo luce abandonado. Ésta es su casa.
Relata Hilaria que el único problema que ha tenido en su estancia en Tlaquepaque han sido los cobros de cuota que en ocasiones los hijos de la locataria le han exigido, “son muy viciosos y como tenían dinero venían y me cobraban a mí, se robaban cosas”.
Su negocio fue próspero hasta finales de 2008, luego vino la crisis. Al día de hoy adeuda, del año pasado y de lo que va de 2010, más de 6 mil pesos de renta, lo mismo que al Fondo Regional Indígena, proyecto de microcréditos otorgados por el gobierno federal y solventado por la Comisión para el Desarrollo de los pueblos Indígenas (CDI), a través del cual Hilaria se ha financiado en los últimos 9 años.
Hace una pausa y declara: “no han sido tiempos buenos, pero vamos a salir adelante”. Hace un gesto en su cara, señal de tristeza, pero de pronto sonríe y recuerda que su mayor ilusión es ver a su hija egresada de la universidad y quizá tener una casa propia.
Según datos contenidos en el Censo Indígena 2008, así como Hilaria, 62.3 por ciento de los encuestados no cuentan con casa propia.
Detalla que el 48 por ciento de las viviendas son rentadas y el 14.2 son “prestadas”. En el municipio de Tonalá es en donde más casas arrendadas hay, mientras que en Guadalajara en un 10 por ciento “se cuidan o se piden prestadas”, una forma velada de decir que las invaden.
Por su parte en el municipio de Tlaquepaque es en donde se observa que más migrantes indígenas han procurado hacerse de una casa propia.
De las 259 viviendas encuestadas, 48 son predios independientes, ocho están en edificios, 57 están en vecindades y 12 son cuartos de azotea, en su conjunto representan el 48.3 por ciento y son consideradas por sus habitantes como “viviendas dignas”.
Otras 100 viviendas están asentadas en locales no construidos para habitación, seis son casas móviles y 28 están en refugios temporales; representan el 51 por ciento de la viviendas y no son consideras dignas.
Predominan las paredes de tabique, ladrillo, block y lámina metálica, sin embargo, existen también las de material de desecho como lámina de cartón y madera. En el 31 por ciento de los casos, los techos son de material de desecho, de asbesto o metálicas. Poco más de 10 por ciento tienen piso de tierra.
En Guadalajara es en donde se presenta la mayor incidencia de hacinamiento, en cuyas viviendas sólo existe con un sólo cuarto donde se cubren todas las necesidades de la familia y le sigue Tonalá. En ambos municipios, el 56 por ciento de las casas encuestadas no cuentan con un cuarto exclusivo para labores de cocina.
En suma, de los cuatro municipios cuyos habitantes son de origen indígena, el 71 por ciento cuentan con disponibilidad de agua; sin embargo en Tonalá, a un 10 por ciento les suministran el líquido sólo una vez por semana.
Por su parte, el registro de colonias de la ZMG, con presencia de indígenas migrantes, realizado por la Comisión Estatal Indígena (CEI), detalla que existen otras etnias disgregadas en la ciudad.
El documento revela que hay una familia Chol, de Chiapas, que habita en la colonia Flores Magón en Guadalajara. Tienen apenas cinco años radicando la ciudad. Otras 6seisfamilias de origen totonaca dejaron Veracruz hace siete años y viven en la colonia Nueva Santa María en Tlaquepaque; lo mismo para las cinco familias tzeltales de Chiapas que viven en Loma Bonita Ejidal. Por su parte, los mazahuas del Estado de México habitan en Santa Ana Tepetitlán, en Zapopan y cumplen apenas ocho años en la ciudad.
Según el director de la Comisión Estatal Indígenas, Francisco López Carrillo, todas ellas son candidatas a recibir viviendas por parte del gobierno estatal en un programa que apenas está por realizarse.
Segunda de III Partes
Paloma Robles
Publicado en La Jornada Jalisco 27/05/2010
Al menos el 41 por ciento de la población de migrantes indígenas en el estado, sufren una doble discriminación, pues explican que al principio eran excluidos porque hablaban su lengua materna y ahora lo son porque abandonan su práctica para buscar integrarse a la sociedad y sentirse admitidos.
“Antes nos excluían porque hablábamos nuestra lengua y el Estado se aferraba a que la dejáramos de hablar, ahora nos excluyen porque ya no la hablamos” expresa Fortino Domínguez, indígena zoque de Chiapas e integrante de la Unidad de Apoyo a Comunidades Indígenas (UACI) de la Universidad de Guadalajara.
El censo Indígena 2008, elaborado por el Fondo Regional de Indígenas Migrantes, detalla que el 72 por ciento de los encuestados ya nacieron en el estado de Jalisco, sin embargo, el 19 por ciento no saben leer ni escribir.
Domínguez señala que en la literatura que existe en materia de migración indígena hay tres constantes: “siempre se estudia a los grupos con mayor población, a los que viven de manera conjunta y a los indígenas que están arraigados en un nicho económico. Pero existen muchos pueblos en la ciudad que no figuran en estos parámetros de medición y están olvidados y desatendidos, desde lo gubernamental hasta lo académico”. Mientras hay constantes que “se mantienen y se agudizan, como la discriminación, el racismo, el acceso al trabajo y la falta de vivienda”, denuncia.
El caso de María Hilaria Martínez es peculiar, ella desde muy joven decidió abandonar a su comunidad -triqui de Oaxaca asentada en la Riviera de Chapala-, para radicar sola en la ZMG.
Hace 20 años se estableció en Tlaquepaque, en el tercer piso del mercado municipal. Atiende tres puestos. Allí mismo vive en compañía de dos de sus hermanas y su hija, esta última, estudiante de contaduría en la Universidad de Guadalajara.
Dice que vive más tranquila que si estuviera con su gente en Chapala, “es difícil convivir con ellos, es que sólo quieren imponer, así no es la cosa, tú vas hacer la lucha y ya no tienen por qué obligarte a nada, se trata de que a todos nos vaya bien”, expuso.
Hilaria teje morrales con la técnica de cintura que aprendió de su abuela. También vende cazuelas de barro, cerámica barata traída de Tonalá y nacimientos de todos colores y tamaños. Aunque al rededor no se ven clientes, ella refiere que está siempre a la espera de algún turista, “haber qué les gusta”. Llegó a ese local gracias a que su papá migró antes que ella y le allanó el camino.
“Era una señora güera la que se lo ofreció y cuando fui a verla me dijo que tenía que afiliarme a la CROC para que yo no tuviera problemas para vender. Me dijo: ‘te van ofrecer un área de trabajo, te van a proteger, si quieres un área dentro de la zona va haber un espacio’, luego fui con ella a las reuniones y me dio este lugar, aquí vivo y trabajo”.
Alrededor, el escenario no es muy alegre. Los cables de luz corren desordenadamente por el viejo techo de lámina. Hay cajas, plásticos y maderas empotradas por todas partes. Un polvo espeso invade cada pieza en exhibición, algunas son figuras decorativas anticuadas, inservibles.
Un olor rancio se desprende desde las plantas bajas del edificio. Se escucha el eco del mercado, “¡pásele, pásele!”, mientras la mujer concede la entrevista sentada en una silla chaparrita, muy cerca del ventanal que da a la calle. En las paredes todavía quedan rastros de lo que fuera un estacionamiento. Todo luce abandonado. Ésta es su casa.
Relata Hilaria que el único problema que ha tenido en su estancia en Tlaquepaque han sido los cobros de cuota que en ocasiones los hijos de la locataria le han exigido, “son muy viciosos y como tenían dinero venían y me cobraban a mí, se robaban cosas”.
Su negocio fue próspero hasta finales de 2008, luego vino la crisis. Al día de hoy adeuda, del año pasado y de lo que va de 2010, más de 6 mil pesos de renta, lo mismo que al Fondo Regional Indígena, proyecto de microcréditos otorgados por el gobierno federal y solventado por la Comisión para el Desarrollo de los pueblos Indígenas (CDI), a través del cual Hilaria se ha financiado en los últimos 9 años.
Hace una pausa y declara: “no han sido tiempos buenos, pero vamos a salir adelante”. Hace un gesto en su cara, señal de tristeza, pero de pronto sonríe y recuerda que su mayor ilusión es ver a su hija egresada de la universidad y quizá tener una casa propia.
Según datos contenidos en el Censo Indígena 2008, así como Hilaria, 62.3 por ciento de los encuestados no cuentan con casa propia.
Detalla que el 48 por ciento de las viviendas son rentadas y el 14.2 son “prestadas”. En el municipio de Tonalá es en donde más casas arrendadas hay, mientras que en Guadalajara en un 10 por ciento “se cuidan o se piden prestadas”, una forma velada de decir que las invaden.
Por su parte en el municipio de Tlaquepaque es en donde se observa que más migrantes indígenas han procurado hacerse de una casa propia.
De las 259 viviendas encuestadas, 48 son predios independientes, ocho están en edificios, 57 están en vecindades y 12 son cuartos de azotea, en su conjunto representan el 48.3 por ciento y son consideradas por sus habitantes como “viviendas dignas”.
Otras 100 viviendas están asentadas en locales no construidos para habitación, seis son casas móviles y 28 están en refugios temporales; representan el 51 por ciento de la viviendas y no son consideras dignas.
Predominan las paredes de tabique, ladrillo, block y lámina metálica, sin embargo, existen también las de material de desecho como lámina de cartón y madera. En el 31 por ciento de los casos, los techos son de material de desecho, de asbesto o metálicas. Poco más de 10 por ciento tienen piso de tierra.
En Guadalajara es en donde se presenta la mayor incidencia de hacinamiento, en cuyas viviendas sólo existe con un sólo cuarto donde se cubren todas las necesidades de la familia y le sigue Tonalá. En ambos municipios, el 56 por ciento de las casas encuestadas no cuentan con un cuarto exclusivo para labores de cocina.
En suma, de los cuatro municipios cuyos habitantes son de origen indígena, el 71 por ciento cuentan con disponibilidad de agua; sin embargo en Tonalá, a un 10 por ciento les suministran el líquido sólo una vez por semana.
Por su parte, el registro de colonias de la ZMG, con presencia de indígenas migrantes, realizado por la Comisión Estatal Indígena (CEI), detalla que existen otras etnias disgregadas en la ciudad.
El documento revela que hay una familia Chol, de Chiapas, que habita en la colonia Flores Magón en Guadalajara. Tienen apenas cinco años radicando la ciudad. Otras 6seisfamilias de origen totonaca dejaron Veracruz hace siete años y viven en la colonia Nueva Santa María en Tlaquepaque; lo mismo para las cinco familias tzeltales de Chiapas que viven en Loma Bonita Ejidal. Por su parte, los mazahuas del Estado de México habitan en Santa Ana Tepetitlán, en Zapopan y cumplen apenas ocho años en la ciudad.
Según el director de la Comisión Estatal Indígenas, Francisco López Carrillo, todas ellas son candidatas a recibir viviendas por parte del gobierno estatal en un programa que apenas está por realizarse.
Migración Indígena III
Tlajomulco, nueva cuna de la migración indígena en la Zona Metropolitana
Tercera de III partes
Paloma Robles
Publicado En la Jornada Jalisco 28/05/2010
Sin oportunidades de trabajo, mucho menos de vivienda, así subsisten en la ciudad por lo menos 35 mil indígenas migrantes que tiene contemplados el INEGI en su conteo 2005 que, a casi 40 años de su llegada, no cuentan con ningún programa especial de gobierno que les ayude a sobrellevar su condición.
Desde lejos se identifican los rasgos indígenas de Ema Ávila. Morena, chaparrita, cabellos lacios y negros. Su vestido es de poliéster color turquesa. De cerca, se observan los detalles hechos a mano de su indumentaria. Sus ojos pequeños.
Vive en la Colonia Chulavista en el municipio de Tlajomulco, sitio donde las autoridades no se atreven a ingresar y reina el abandono y la delincuencia.
Recargada en la pared de una de las 20 mil casas construidas en esa orilla de la ciudad, Ema busca robar unos centímetros de sombra, espera la ruta 52 C. No hay árboles ni parada de camión. Los brazos cruzados. El sol es abrasivo. No le importa. Hace más de hora y media de ruta desde su casa hasta el centro de Guadalajara.
Su origen es zapoteco y tiene apenas año y medio de vivir en Jalisco. Su hijo mayor la hizo venir, “me estaba quedando sola, mi esposo se fue hace tiempo a Estados Unidos, está enfermo, yo creo que ya no regresó y pues me decidí a ver a mi hijo”.
Al cuestionarle cuántos paisanos viven en su barrio respondió: “Yo soy de la costa y de ahí no he no he visto a nadie, pero hay gente de la sierra y un día conocí a una señora de Veracruz, todos indígenas, yo creo que son muchos”.
A su alrededor, un centenar de casa grises a la espera de nuevos moradores. Chulavista y Haciendas de Santa Fe (a un costado de la primera) son las más zonas más pobladas en la Zona Metropolitana de Guadalajara. Se estima que en los últimos 5 años por los menos 100 mil habitantes se han ido a vivir allá.
Por la complicación de las distancias y los problemas de servicios, los dueños de algunos de esos predios decidieron abandonarlos. Ahora, son refugio de cientos de indígenas que -en opinión del especialista en temas de migración indígena, Francisco Talavera-, aprovechando esa situación y a falta de viviendas, han ido a ocupar esas casas que tienen apenas 6 metros de fachada por poco más de 16 metros de profundidad.
Tlajomulco, nueva cuna de migrantes
Según el historiador José Chávez García, en Tlajomulco ya no hay localidad ni barrio ni caserío de indígenas de la región. Los últimos pobladores se fueron a finales del siglo 18 y principios del siglo 19. Hay rastros de hubo Chimalhuacanos, Tecuetzes, Purépechas y otras dos que ya desaparecieron.
Sin embargo, derivado de la explosión demográfica que tuvo el municipio, la población indígena migrante también se replegó de los asentamientos tradicionales, como Guadalajara y Zapopan, para establecerse en Tlajomulco.
“Los indígenas no llegaron en agrupaciones sino de manera individual, y no hay asentamientos de grandes familias o de grupos étnicos monumentales” explica Héctor García Navarro, coordinador de extensión territorial y de asuntos indígenas de Tlajomulco.
A partir de los datos del Censo del INEGI de 2005, que reporta 464 indígenas migrantes en el municipio, el ayuntamiento inició desde hace algunos años el programa Enlace de Tlajomulco de Nómadas Indígenas para la Asistencia Social (Etnias), que está dividido en tres etapas: La primera, actualizar el censo del Inegi; la segunda, trata de la conformación de comités de desarrollo indígena y, la tercera, la aplicación de fondos municipales, estatales y federales para el desarrollo de los pueblos indígenas (esta última parte aún no se aplica).
Según García Navarro, encargado de Etnias, en la localidad de San Agustín, de 55 indígenas reportados en 2005, al día de hoy hay un total de 86. Están divididos en 30 familias de diferentes etnias, entre ellas la Purépecha. Lo que significa un aumento de 36 por ciento de población de origen indígena que viven en las colonias la Lagunita, rumbo a los Ocotes, y en los alrededores de la plaza San Agustín.
La mayoría no tiene casa propia, ni accesos a educación. García Navarro informó que sólo la mitad de esa población cuenta con servicios de salud.
Otro caso es el de Santa Cruz del Valle, donde se presentó un fenómeno diferente. En 2005, el Censo reportó 44 indígenas y, en la inspección que realizó el municipio, sólo encontraron a ocho.
“Son dos familias, los únicos mayores de edad corresponden a los jefes de familia”, expuso el funcionario.
Las autoridades desconocen la causa de su desaparición, “no hubo manera de averiguar qué fue lo que sucedió”, repuso.
Agregó: “Vienen de todo el sur de la república, excepto de Quintana Roo. Hay gente del estado de Hidalgo, también de la Sierra Tarahumara.
La presencia de indígenas también es evidente en Rancho Alegre donde el municipio ya instaló un comité de desarrollo comunitario; lo mismo que en el crucero del Salto, donde viven una familia de origen indígena del estado de Colima y otra de Veracruz.
De las personas encuestadas por el ayuntamiento, sólo dos se dedican a la artesanía.
“Una minoría tiene empleos fijos en Guadalajara, la mayoría trabaja en sus localidades, en construcción y otras cosas, hay algunos que sólo por habitar casas les pagan por eso. Lo mismo aplica para un casino y para un kínder” explica el experto.
La ciudad de las etnias, frustración
Apenas en mayo del año pasado, la Secretaría de Planeación (Seplan) convocó a una veintena de líderes comunitarios a unas reuniones con motivo de un proyecto de vivienda que el gobierno del Estado quería ofrecer a los migrantes pluriétnicos.
La idea surgía de un primer anteproyecto llamado “La ciudad de la etnias”, que los Mixtecos –los más antiguos la ciudad- habían entregado al gobernador Emilio González en 2006.
El proyecto era modesto pero representaba el inicio de mucha cosas. Según lo referido por el director de vinculación de la Seplan, Miguel Ángel García Santana -encargado de las negociaciones en esas reuniones-, entre 350 y 400 viviendas estarían construidas y dotadas de todos los servicios en un predio de 10 hectáreas.
Por motivos de aseguramiento del proyecto, no quiso señalar el funcionario donde estaría asentado el complejo, sin embargo, detalló que las casas tendrían un costo promedio total de 150 mil pesos; de allí, una tercera parte correría a cuenta del Fondo Nacional para Habitaciones Populares (Fonapo) que iría a fondo perdido.
La efervescencia no paró y las comunidades indígenas se mostraron entusiasmadas por el proyecto. “Por fin se nos escucha”, decían algunos que se acercaron a las reuniones, que tuvieron lugar en su mayoría en las instalaciones de Seplan.
A los migrantes indígenas incluso les mostraron bosquejos de las casas. Iprovipe sería la instancia que daría seguimiento al proyecto y les planteó un esquema de financiamiento. Al cabo de 15 reuniones mensuales que sostuvieron, la sensación de hartazgo comenzó a permear en los asistentes, el proyecto se tornó engañoso y las juntas se fueron politizando.
Francisco Talavera, antropólogo social y colaborador del proyecto, reclama en tono de indignación: “Llegó un momento donde ya no lo vimos viable, me reuní con ellos (los indígenas interesados) y les dije ‘qué hacemos’; ellos manifestaron que sentían que les estaban viendo la cara. Seplan nunca dijo ‘hasta aquí’, pero lo fue cansando y nosotros dejamos de ir, y llegó un momento en donde definitivamente se cancela el proyecto, pero no se saben las causas y con eso se vuelve a decepcionar la gente. Son tres generaciones y no hay ni un sólo programa de atención hacia el indígena”.
“Cuando el Gobierno invita al Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (Ciesas) a colaborar en este proyecto, el entusiasmo fue general y una oportunidad de oro se presentaba en la ciudad”.
A decir de Talavera, buscaban dejar en claro tres cosas, la primera, “decirle a la autoridad que no era una onda personal del gobierno, no era una dádiva, sino decirles ‘esto es un derecho social, es una política compensatoria’. Por otro lado, queríamos utilizar el mecanismo de la organización indígena, las asambleas, la reuniones de familias extensas, para que entre ellos decidieran quién era sujeto a crédito.
La tercera preocupación era no hacer un guetto, “nosotros decíamos que no se trataba de separarlos, de aislarlos, sino se trata de incorporarlos, de tender puentes. Queríamos proponer que, una vez que se diera la vivienda, hubiera la posibilidad que se instalaran escuelas multiculturales, además de un proyecto productivo basado en una especie de mercado indígena, pero no sucedió”.
Según manifiestan entrevistados, en las mesas de trabajo se discutía quién tenía más derechos, las mujeres solteras, los recién casados, los que llevan años rentando y de manera irregular, el anciano que lleva más tiempo en la ciudad; pero no pasó de la discusión.
Para el director de Vinculación de la Seplan y el delegado regional de la Comisión para el Desarrollo de los pueblos Indígenas (CDI), Guadalupe Flores, el proyecto aún está vigente y sigue en marcha.
Se encuentra “gestionándose la introducción de servicios y la vivienda”, explica el titular de Vinculación. Sin embargo, reconoce que no ha habido contacto con los investigadores del CIESAS que se iban a encargar del diagnóstico de las viviendas y sus moradores en las colonias que el gobierno tiene detectadas.
Refiere que la presión en el proyecto la generaron los indígenas, específicamente la gente de Antorcha Campesina, que fue “muy insistente, haciendo manifestaciones, y nosotros tuvimos que hacer unas reuniones para explicarles cómo sería el proceso, pero no es que fuera de ya la solución. Ellos estuvieron presionando para que de alguna manera les entregáramos el predio que ya teníamos adquirido”, manifestó García Santana (predio que, según información de la CDI, estaba no sólo en Tonalá sino, además, ubicado sobre ductos de Pemex).
El desengaño causó frustración en la población que, más allá de programas que sólo quedan en promesas e interminables sesiones improductivas, sigue creciendo y expandiéndose en lugares inusitados para la tradición migratoria de la ciudad.
Tercera de III partes
Paloma Robles
Publicado En la Jornada Jalisco 28/05/2010
Sin oportunidades de trabajo, mucho menos de vivienda, así subsisten en la ciudad por lo menos 35 mil indígenas migrantes que tiene contemplados el INEGI en su conteo 2005 que, a casi 40 años de su llegada, no cuentan con ningún programa especial de gobierno que les ayude a sobrellevar su condición.
Desde lejos se identifican los rasgos indígenas de Ema Ávila. Morena, chaparrita, cabellos lacios y negros. Su vestido es de poliéster color turquesa. De cerca, se observan los detalles hechos a mano de su indumentaria. Sus ojos pequeños.
Vive en la Colonia Chulavista en el municipio de Tlajomulco, sitio donde las autoridades no se atreven a ingresar y reina el abandono y la delincuencia.
Recargada en la pared de una de las 20 mil casas construidas en esa orilla de la ciudad, Ema busca robar unos centímetros de sombra, espera la ruta 52 C. No hay árboles ni parada de camión. Los brazos cruzados. El sol es abrasivo. No le importa. Hace más de hora y media de ruta desde su casa hasta el centro de Guadalajara.
Su origen es zapoteco y tiene apenas año y medio de vivir en Jalisco. Su hijo mayor la hizo venir, “me estaba quedando sola, mi esposo se fue hace tiempo a Estados Unidos, está enfermo, yo creo que ya no regresó y pues me decidí a ver a mi hijo”.
Al cuestionarle cuántos paisanos viven en su barrio respondió: “Yo soy de la costa y de ahí no he no he visto a nadie, pero hay gente de la sierra y un día conocí a una señora de Veracruz, todos indígenas, yo creo que son muchos”.
A su alrededor, un centenar de casa grises a la espera de nuevos moradores. Chulavista y Haciendas de Santa Fe (a un costado de la primera) son las más zonas más pobladas en la Zona Metropolitana de Guadalajara. Se estima que en los últimos 5 años por los menos 100 mil habitantes se han ido a vivir allá.
Por la complicación de las distancias y los problemas de servicios, los dueños de algunos de esos predios decidieron abandonarlos. Ahora, son refugio de cientos de indígenas que -en opinión del especialista en temas de migración indígena, Francisco Talavera-, aprovechando esa situación y a falta de viviendas, han ido a ocupar esas casas que tienen apenas 6 metros de fachada por poco más de 16 metros de profundidad.
Tlajomulco, nueva cuna de migrantes
Según el historiador José Chávez García, en Tlajomulco ya no hay localidad ni barrio ni caserío de indígenas de la región. Los últimos pobladores se fueron a finales del siglo 18 y principios del siglo 19. Hay rastros de hubo Chimalhuacanos, Tecuetzes, Purépechas y otras dos que ya desaparecieron.
Sin embargo, derivado de la explosión demográfica que tuvo el municipio, la población indígena migrante también se replegó de los asentamientos tradicionales, como Guadalajara y Zapopan, para establecerse en Tlajomulco.
“Los indígenas no llegaron en agrupaciones sino de manera individual, y no hay asentamientos de grandes familias o de grupos étnicos monumentales” explica Héctor García Navarro, coordinador de extensión territorial y de asuntos indígenas de Tlajomulco.
A partir de los datos del Censo del INEGI de 2005, que reporta 464 indígenas migrantes en el municipio, el ayuntamiento inició desde hace algunos años el programa Enlace de Tlajomulco de Nómadas Indígenas para la Asistencia Social (Etnias), que está dividido en tres etapas: La primera, actualizar el censo del Inegi; la segunda, trata de la conformación de comités de desarrollo indígena y, la tercera, la aplicación de fondos municipales, estatales y federales para el desarrollo de los pueblos indígenas (esta última parte aún no se aplica).
Según García Navarro, encargado de Etnias, en la localidad de San Agustín, de 55 indígenas reportados en 2005, al día de hoy hay un total de 86. Están divididos en 30 familias de diferentes etnias, entre ellas la Purépecha. Lo que significa un aumento de 36 por ciento de población de origen indígena que viven en las colonias la Lagunita, rumbo a los Ocotes, y en los alrededores de la plaza San Agustín.
La mayoría no tiene casa propia, ni accesos a educación. García Navarro informó que sólo la mitad de esa población cuenta con servicios de salud.
Otro caso es el de Santa Cruz del Valle, donde se presentó un fenómeno diferente. En 2005, el Censo reportó 44 indígenas y, en la inspección que realizó el municipio, sólo encontraron a ocho.
“Son dos familias, los únicos mayores de edad corresponden a los jefes de familia”, expuso el funcionario.
Las autoridades desconocen la causa de su desaparición, “no hubo manera de averiguar qué fue lo que sucedió”, repuso.
Agregó: “Vienen de todo el sur de la república, excepto de Quintana Roo. Hay gente del estado de Hidalgo, también de la Sierra Tarahumara.
La presencia de indígenas también es evidente en Rancho Alegre donde el municipio ya instaló un comité de desarrollo comunitario; lo mismo que en el crucero del Salto, donde viven una familia de origen indígena del estado de Colima y otra de Veracruz.
De las personas encuestadas por el ayuntamiento, sólo dos se dedican a la artesanía.
“Una minoría tiene empleos fijos en Guadalajara, la mayoría trabaja en sus localidades, en construcción y otras cosas, hay algunos que sólo por habitar casas les pagan por eso. Lo mismo aplica para un casino y para un kínder” explica el experto.
La ciudad de las etnias, frustración
Apenas en mayo del año pasado, la Secretaría de Planeación (Seplan) convocó a una veintena de líderes comunitarios a unas reuniones con motivo de un proyecto de vivienda que el gobierno del Estado quería ofrecer a los migrantes pluriétnicos.
La idea surgía de un primer anteproyecto llamado “La ciudad de la etnias”, que los Mixtecos –los más antiguos la ciudad- habían entregado al gobernador Emilio González en 2006.
El proyecto era modesto pero representaba el inicio de mucha cosas. Según lo referido por el director de vinculación de la Seplan, Miguel Ángel García Santana -encargado de las negociaciones en esas reuniones-, entre 350 y 400 viviendas estarían construidas y dotadas de todos los servicios en un predio de 10 hectáreas.
Por motivos de aseguramiento del proyecto, no quiso señalar el funcionario donde estaría asentado el complejo, sin embargo, detalló que las casas tendrían un costo promedio total de 150 mil pesos; de allí, una tercera parte correría a cuenta del Fondo Nacional para Habitaciones Populares (Fonapo) que iría a fondo perdido.
La efervescencia no paró y las comunidades indígenas se mostraron entusiasmadas por el proyecto. “Por fin se nos escucha”, decían algunos que se acercaron a las reuniones, que tuvieron lugar en su mayoría en las instalaciones de Seplan.
A los migrantes indígenas incluso les mostraron bosquejos de las casas. Iprovipe sería la instancia que daría seguimiento al proyecto y les planteó un esquema de financiamiento. Al cabo de 15 reuniones mensuales que sostuvieron, la sensación de hartazgo comenzó a permear en los asistentes, el proyecto se tornó engañoso y las juntas se fueron politizando.
Francisco Talavera, antropólogo social y colaborador del proyecto, reclama en tono de indignación: “Llegó un momento donde ya no lo vimos viable, me reuní con ellos (los indígenas interesados) y les dije ‘qué hacemos’; ellos manifestaron que sentían que les estaban viendo la cara. Seplan nunca dijo ‘hasta aquí’, pero lo fue cansando y nosotros dejamos de ir, y llegó un momento en donde definitivamente se cancela el proyecto, pero no se saben las causas y con eso se vuelve a decepcionar la gente. Son tres generaciones y no hay ni un sólo programa de atención hacia el indígena”.
“Cuando el Gobierno invita al Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (Ciesas) a colaborar en este proyecto, el entusiasmo fue general y una oportunidad de oro se presentaba en la ciudad”.
A decir de Talavera, buscaban dejar en claro tres cosas, la primera, “decirle a la autoridad que no era una onda personal del gobierno, no era una dádiva, sino decirles ‘esto es un derecho social, es una política compensatoria’. Por otro lado, queríamos utilizar el mecanismo de la organización indígena, las asambleas, la reuniones de familias extensas, para que entre ellos decidieran quién era sujeto a crédito.
La tercera preocupación era no hacer un guetto, “nosotros decíamos que no se trataba de separarlos, de aislarlos, sino se trata de incorporarlos, de tender puentes. Queríamos proponer que, una vez que se diera la vivienda, hubiera la posibilidad que se instalaran escuelas multiculturales, además de un proyecto productivo basado en una especie de mercado indígena, pero no sucedió”.
Según manifiestan entrevistados, en las mesas de trabajo se discutía quién tenía más derechos, las mujeres solteras, los recién casados, los que llevan años rentando y de manera irregular, el anciano que lleva más tiempo en la ciudad; pero no pasó de la discusión.
Para el director de Vinculación de la Seplan y el delegado regional de la Comisión para el Desarrollo de los pueblos Indígenas (CDI), Guadalupe Flores, el proyecto aún está vigente y sigue en marcha.
Se encuentra “gestionándose la introducción de servicios y la vivienda”, explica el titular de Vinculación. Sin embargo, reconoce que no ha habido contacto con los investigadores del CIESAS que se iban a encargar del diagnóstico de las viviendas y sus moradores en las colonias que el gobierno tiene detectadas.
Refiere que la presión en el proyecto la generaron los indígenas, específicamente la gente de Antorcha Campesina, que fue “muy insistente, haciendo manifestaciones, y nosotros tuvimos que hacer unas reuniones para explicarles cómo sería el proceso, pero no es que fuera de ya la solución. Ellos estuvieron presionando para que de alguna manera les entregáramos el predio que ya teníamos adquirido”, manifestó García Santana (predio que, según información de la CDI, estaba no sólo en Tonalá sino, además, ubicado sobre ductos de Pemex).
El desengaño causó frustración en la población que, más allá de programas que sólo quedan en promesas e interminables sesiones improductivas, sigue creciendo y expandiéndose en lugares inusitados para la tradición migratoria de la ciudad.
Loma Drogada...
Iniciativa ciudadana para recuperar la colonia Loma Dorada de Tonalá y hacer comunidad
Paloma Robles
Publicado en La Jornada Jalisco 21/03/2010
El Colectivo Tonalá es la iniciativa de 30 ciudadanos de la colonia Loma Dorada que se unieron con el fin de recuperar uno de los espacios públicos de su colonia y en él sembrar lechugas, rábanos, zanahorias y verdolagas que en poco tiempo han de cosechar y compartir.
En el Colectivo Tonalá no hay líderes ni egos, sólo la voluntad de crear comunidad y recuperar un espacio para los habitantes de la zona, especialmente los niños que se divierten hoy en las orillas del río Azul, en donde el agua limpia corre cuando no hay derrames del drenaje.
El terreno, aunque parece descuidado, es próspero y da desde hace tres años maíz orgánico en temporada. Está ubicado en las inmediaciones de una unidad deportiva de la colonia Loma Dorada, una de las más marginadas del municipio donde los índices de inseguridad son altos, donde el concreto ha ganado la batalla a las calles de piedra y los edificios de vivienda han acaparado los pocos espacios verdes que quedaron de esa zona, que apenas hace 15 años era un refugio ecológico de Tonalá con diversas especies de árboles como guamuchiles, zapotes y zalates.
El espacio es denominado “autónomo” y “cada quien siembra lo que puede cuidar”. Según explican los integrantes del Colectivo, éste se rige con base en una asamblea que se reúne cada viernes y no tienen coordinador. “Al gobierno le costó trabajo entender que éramos un espacio público autónomo, pero nos han respetado”.
Mencionaron que en algún momento sufrieron de hostigamiento de parte de funcionarios de Parques y Jardines, incluso una vez instalada la administración de Antonio Mateos, con quien han tenido mejor entendimiento, hubo quien confundió su labor y creyeron que sembraban marihuana en vez de garbanzos.
Pero la preocupación principal del Colectivo es la conservación del río Azul, que estuvo mucho tiempo contaminado y que ahora se encuentra en un estado de “fragilidad constante”, pues las instalaciones del agua del SIAPA están viejas y rotas. Incluso la contaminación de ese corredor de agua ha llevado a la comunidad a presentar 300 denuncias ante la Comisión Estatal de Derechos Humanos.
Sin embargo, la tarea no es fácil, dicen los activistas, “construir autonomía y recuperar el río sin necesidad de plantas de tratamiento toma más tiempo, pero resulta redituable económica y ambientalmente”.
Agregaron: “las políticas que han sugerido los gobiernos para el tratamiento del agua son agresivas, Esta recuperación del espacio es también es una respuesta que damos ante la crisis ambiental, refirieron.
Paloma Robles
Publicado en La Jornada Jalisco 21/03/2010
El Colectivo Tonalá es la iniciativa de 30 ciudadanos de la colonia Loma Dorada que se unieron con el fin de recuperar uno de los espacios públicos de su colonia y en él sembrar lechugas, rábanos, zanahorias y verdolagas que en poco tiempo han de cosechar y compartir.
En el Colectivo Tonalá no hay líderes ni egos, sólo la voluntad de crear comunidad y recuperar un espacio para los habitantes de la zona, especialmente los niños que se divierten hoy en las orillas del río Azul, en donde el agua limpia corre cuando no hay derrames del drenaje.
El terreno, aunque parece descuidado, es próspero y da desde hace tres años maíz orgánico en temporada. Está ubicado en las inmediaciones de una unidad deportiva de la colonia Loma Dorada, una de las más marginadas del municipio donde los índices de inseguridad son altos, donde el concreto ha ganado la batalla a las calles de piedra y los edificios de vivienda han acaparado los pocos espacios verdes que quedaron de esa zona, que apenas hace 15 años era un refugio ecológico de Tonalá con diversas especies de árboles como guamuchiles, zapotes y zalates.
El espacio es denominado “autónomo” y “cada quien siembra lo que puede cuidar”. Según explican los integrantes del Colectivo, éste se rige con base en una asamblea que se reúne cada viernes y no tienen coordinador. “Al gobierno le costó trabajo entender que éramos un espacio público autónomo, pero nos han respetado”.
Mencionaron que en algún momento sufrieron de hostigamiento de parte de funcionarios de Parques y Jardines, incluso una vez instalada la administración de Antonio Mateos, con quien han tenido mejor entendimiento, hubo quien confundió su labor y creyeron que sembraban marihuana en vez de garbanzos.
Pero la preocupación principal del Colectivo es la conservación del río Azul, que estuvo mucho tiempo contaminado y que ahora se encuentra en un estado de “fragilidad constante”, pues las instalaciones del agua del SIAPA están viejas y rotas. Incluso la contaminación de ese corredor de agua ha llevado a la comunidad a presentar 300 denuncias ante la Comisión Estatal de Derechos Humanos.
Sin embargo, la tarea no es fácil, dicen los activistas, “construir autonomía y recuperar el río sin necesidad de plantas de tratamiento toma más tiempo, pero resulta redituable económica y ambientalmente”.
Agregaron: “las políticas que han sugerido los gobiernos para el tratamiento del agua son agresivas, Esta recuperación del espacio es también es una respuesta que damos ante la crisis ambiental, refirieron.
Santa Chila
Inauguran gimnasio municipal en honor a Juan José El Goofy Montes Valderrama
Paloma Robles
Publicado en La Jornada Jalisco 17/10/2010
La mañana fría y el ánimo de los vecinos de Santa Cecilia se mostraba ardiente, unas decenas habitantes del barrio en mención acudieron a la inauguración del Gimnasio Municipal de Boxeo Juan José “El Goofy” Montes Valderrama en honor al joven boxeador, campeón mundial juvenil Súper Mosca.
Goofy como le pusieron en el barrio, es el apodo de Juan José Montes Valderrama, boxeador profesional originario de Santa Cecilia, al oriente de la ciudad, uno de los barrios más bravos del municipio.
“Aquí es mi barrio, aquí yo me hice” enunció el delgado atleta quien se dijo muy honrado por la condecoración que le hizo el municipio de Guadalajara, al nombrar al nuevo gimnasio con su nombre.
Las mujeres luciendo sus mejores galas deportivas, el ambiente parecía de fiesta, música, personas y mucho ánimo, los niños jugando, concursos para los asistentes, todos a la espera del presidente municipal. En el altavoz se escuchó la voz del animador anunciando que el alcalde Aristóteles Sandoval no venía a la inauguración, a los pocos minutos se cortó el listón de apertura.
“Diario es lo mismo”, decía una mujer con libreta en mano, se trata de Cecilia Barajas, integrante de la contraloría social del barrio. Ella junto con las señoras Manuela, Betty, Doña Rosa y Esperanza se encargan de invitar a los vecinos a los eventos del ayuntamiento, siempre bajo la consigna de que el primer edil tapatío los visitará. Lo cierto es que con la de ayer van tres citas que el alcalde desatiende, según comentaron las señoras. Una de esas ocasiones fue cuando festejaron a las mamás con un baile al que asistió la banda Los terrícolas.
Pero el ánimo no decayó, The eye of the tiger como música de fondo y el derechazo que le propinó el filipino Richard García a Goofy hace tres semanas en Nayarít, le dieron un look de un verdadero campeón, los niños lo saben y por eso corrieron a que les firmara sus playeras.
En posición de guardia Goofy posó con los aficionados que antes eran sus vecinos; ahora el deportista parece de otro planeta, hasta su acento suena extranjero, enfundado en ropa de marca y portando un vistoso reloj Dolce Gabbana, este joven de apenas 21 años de edad no escatimó en repartir autógrafos y besos a todas sus admiradoras.
“Es una gran motivación en mi carrera tener una escuela con mi nombre, y es una gran responsabilidad y más que nada me motiva a dar más y poner en alto esta escuela”, declaró a la prensa, “la verdad, no es lo mismo ser un boxeador a ser un maestro, pero bueno, aquí vamos estar para que la gente se motive”, señaló.
“¿Cómo le hago para ser como él?” le preguntan a Rosa Alicia Valderrama (madre del deportista) las decenas de niños que a diario visitan su casa para ver los trofeos y preseas que ha ganado Goofy. Ella les contesta que, “desde chiquito nació con ese talento”.
Relata que un día se peleó con su hermana y “¡zas! que le rompe la nariz, cuando la llevamos a la clínica nos dijo el doctor, ‘este golpe sólo lo pudo haber dado un boxeador’ y ándele que le atinó, tenía apenas 11 años.”
Según comentó la mujer, desde que su hijo comenzó en el box a la edad de 14 años, ella ha sido quien más lo ha apoyado, “su papá no quería pero yo le decía ándele m'ijo friégueselos y se peleaba con los de la cuadra y hasta desmallados los dejaba”.
Se muestra orgullosa por su retoño, pues logró destacar no sólo en el barrio sino a nivel internacional, lleva a sus 21 años de edad tres cinturones de oro ganados por competencias profesionales y dos en categoría de amateur.
“Pensé que era un juego, él sólo le cargaba las mochilas a los muchachos que hacían box y pues salió bien bueno, ahora le digo échele ganas por que quiero el cinturón, el mero bueno. –¿Cuál? Se le pregunta– “pues el del mundo”, contesta la mujer quien asume con firmeza, “yo le dirijo la porra”.
Y es que el barrio lo vio crecer y festeja con él sus triunfos, ahora el boxeador asegura que prefiere dejar de lado las riñas de calle para dedicarse a los golpes de paga. “Aquí hay mucho vándalo y de repente se quieren aprovechar de mí y eso fue lo que me motivó a entrar al box, pues uno siempre ha sido vago y la verdad siempre los golpes los daba en la calle pero bueno, los golpes de la calle la verdad ya no me interesan, ya ahora vamos por los golpes de paga”.
Paloma Robles
Publicado en La Jornada Jalisco 17/10/2010
La mañana fría y el ánimo de los vecinos de Santa Cecilia se mostraba ardiente, unas decenas habitantes del barrio en mención acudieron a la inauguración del Gimnasio Municipal de Boxeo Juan José “El Goofy” Montes Valderrama en honor al joven boxeador, campeón mundial juvenil Súper Mosca.
Goofy como le pusieron en el barrio, es el apodo de Juan José Montes Valderrama, boxeador profesional originario de Santa Cecilia, al oriente de la ciudad, uno de los barrios más bravos del municipio.
“Aquí es mi barrio, aquí yo me hice” enunció el delgado atleta quien se dijo muy honrado por la condecoración que le hizo el municipio de Guadalajara, al nombrar al nuevo gimnasio con su nombre.
Las mujeres luciendo sus mejores galas deportivas, el ambiente parecía de fiesta, música, personas y mucho ánimo, los niños jugando, concursos para los asistentes, todos a la espera del presidente municipal. En el altavoz se escuchó la voz del animador anunciando que el alcalde Aristóteles Sandoval no venía a la inauguración, a los pocos minutos se cortó el listón de apertura.
“Diario es lo mismo”, decía una mujer con libreta en mano, se trata de Cecilia Barajas, integrante de la contraloría social del barrio. Ella junto con las señoras Manuela, Betty, Doña Rosa y Esperanza se encargan de invitar a los vecinos a los eventos del ayuntamiento, siempre bajo la consigna de que el primer edil tapatío los visitará. Lo cierto es que con la de ayer van tres citas que el alcalde desatiende, según comentaron las señoras. Una de esas ocasiones fue cuando festejaron a las mamás con un baile al que asistió la banda Los terrícolas.
Pero el ánimo no decayó, The eye of the tiger como música de fondo y el derechazo que le propinó el filipino Richard García a Goofy hace tres semanas en Nayarít, le dieron un look de un verdadero campeón, los niños lo saben y por eso corrieron a que les firmara sus playeras.
En posición de guardia Goofy posó con los aficionados que antes eran sus vecinos; ahora el deportista parece de otro planeta, hasta su acento suena extranjero, enfundado en ropa de marca y portando un vistoso reloj Dolce Gabbana, este joven de apenas 21 años de edad no escatimó en repartir autógrafos y besos a todas sus admiradoras.
“Es una gran motivación en mi carrera tener una escuela con mi nombre, y es una gran responsabilidad y más que nada me motiva a dar más y poner en alto esta escuela”, declaró a la prensa, “la verdad, no es lo mismo ser un boxeador a ser un maestro, pero bueno, aquí vamos estar para que la gente se motive”, señaló.
“¿Cómo le hago para ser como él?” le preguntan a Rosa Alicia Valderrama (madre del deportista) las decenas de niños que a diario visitan su casa para ver los trofeos y preseas que ha ganado Goofy. Ella les contesta que, “desde chiquito nació con ese talento”.
Relata que un día se peleó con su hermana y “¡zas! que le rompe la nariz, cuando la llevamos a la clínica nos dijo el doctor, ‘este golpe sólo lo pudo haber dado un boxeador’ y ándele que le atinó, tenía apenas 11 años.”
Según comentó la mujer, desde que su hijo comenzó en el box a la edad de 14 años, ella ha sido quien más lo ha apoyado, “su papá no quería pero yo le decía ándele m'ijo friégueselos y se peleaba con los de la cuadra y hasta desmallados los dejaba”.
Se muestra orgullosa por su retoño, pues logró destacar no sólo en el barrio sino a nivel internacional, lleva a sus 21 años de edad tres cinturones de oro ganados por competencias profesionales y dos en categoría de amateur.
“Pensé que era un juego, él sólo le cargaba las mochilas a los muchachos que hacían box y pues salió bien bueno, ahora le digo échele ganas por que quiero el cinturón, el mero bueno. –¿Cuál? Se le pregunta– “pues el del mundo”, contesta la mujer quien asume con firmeza, “yo le dirijo la porra”.
Y es que el barrio lo vio crecer y festeja con él sus triunfos, ahora el boxeador asegura que prefiere dejar de lado las riñas de calle para dedicarse a los golpes de paga. “Aquí hay mucho vándalo y de repente se quieren aprovechar de mí y eso fue lo que me motivó a entrar al box, pues uno siempre ha sido vago y la verdad siempre los golpes los daba en la calle pero bueno, los golpes de la calle la verdad ya no me interesan, ya ahora vamos por los golpes de paga”.
Tabacholos

Los murales, forma casi única de expresión de chavos marginados
Paloma Robles
Públicado en la Jornada Jalisco 01/11/2010
"Este es mi amigo Arnulfo, yo lo que traté fue de hacerle un mural para él, lo mataron hace un mes. Le pegaron un balazo y le cayó en el pulmón. Le dio un paro y se murió”, responde Juan José de Jesús, del Barrio de la Cantera en la colonia Loma de Tabachines, al preguntarle qué fue lo que le inspiró en dibujar su grafitti que ayer fue sometido a concurso.
En el mural se lee con letra cursiva: “En memoria de aquellos que an [sic] quedado en las calles”. En el primer cuadro aparece la virgen de Guadalupe cargando a un joven, la imagen se asemeja a la escena de La Piedad, obra de mármol realizada por el artista italiano Miguel Ángel a finales del siglo XV que ahora se encuentra en la basílica de San Pedro en el Vaticano.
Juan José de Jesús pertenece al grupo 1NK uno de los tantos crews o bandas de cholos que se asientan en Lomas de Tabachines, una colonia donde el conflicto y la muerte son cosas comunes.
“Aquí está todo bien carajo, mucha riña, no nos quieren aquí y estamos rodeados de todos, viene siendo como tres grupos. Aquí la policía no llega, bueno de vez en cuando se meten pero pues no, pues salen apedreados”, refiere Juan José quien manifiesta que siempre habían “esperado esta oportunidad para demostrar el arte que tiene uno, también representamos (en el mural) los momentos cuando ríes o estás triste, las broncas de pandillas” dice.
Así como Juan José otros ocho grupos hicieron su propio esfuerzo en este primer Torneo de Grafitti que organizó Marisol Montesuit junto con otras alumnas de psicología del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) que tras trabajar algunos semestres en la zona se dieron cuenta que era necesario integrar a los jóvenes y no sólo hacer labores con los adultos como lo habían estado haciendo al conformar comités de barrio.
“Se ve pues sencillo, pero tiene mucha línea, mucho detalle. Decidí hacer un maya, por que casi todos se llevan por aztecas, cholos y todo eso y pues yo decidí hacer algo diferente, según eso es un templo maya, le llaman la tubería aquí y también el pitufo”, señala otro de los participantes al explicar un poco sobre su arte. En la imagen un ícono prehispánico, coloreado en todo blanco con azul pitufo, como él lo llama.
Frente a éste se encuentra otro mural, está mal terminado, es sólo un letrero en el que se lee Demolition boys en alusión al nombre de su grupo, conformado por algunos jóvenes que no rebasan los 18 años.
Se identifican por su vestuario, quizás inspirados en los mejores raperos del momento lucen unas patillas largas y engominadas, llevan aretes con brillantes en su oídos. Son una nueva generación, “nosotros no tiramos barrio ni nada, somos tranquilos, cero drogas y nada”, asegura Jessy James o Jimmy como le dicen. “Pura diversión”, agrega otro de sus compas, todos se ríen.
Alrededor la escena no es muy feliz, carros abandonados, piedras y montañas de tierra que sirven de bancas donde las niñas juegan con muñecas viejas. Señores échandose la caguama bien helada, domingueando.
Los niños miran con fascinación a los adolescentes, unos con ojos morados, otros con los pantalones caídos. Los tatuajes se asoman de sus brazos asoleados, brillosos. En la bolsa no falta el trapito con chemo o cualquier solvente que exista en casa. “Hasta con semillas de naranja se puede loquiar”, reveló uno de ellos.
“Me inspiré en un calendario azteca mexicano que es...” –¿Qué es baboso?– le reclama el Chorros a su compañero que con ojos perdidos responde, “es un azteca devorando una serpiente y un nopal”. Nada que ver una cosa con la otra, pero el dibujo es un híbrido de las dos imágenes. No pueden hablar, se les traba la lengua. Terminan su entrevista enviando “un saludo para aquí, para todo Lomas”.
Hace 12 años que se encarnizó la guerra que originó la división del barrio que por años fue conocido como “El 38” y que tras las pugnas se disgregó en pequeños grupos, unos más aguerridos que otros, pero todos capaces de marcar su territorio a cualquier precio.
Montado en su motocicleta color fucsia, baja como todo un galán Carlos, de los Cobras. Se dedica a hacer tatuajes y perforaciones. Su cara llena de incrustaciones. Con toda autoridad explica que son una familia y que su banda tiene 20 años de conformada.
El mural que pintaron mide más de 5 metros cuadrados, de nuevo, la muerte, los aztecas y la onda prehíspánica se aparece, con ayuda de un aerógrafo los detalles en cada uno de los diseños que hicieron lo hacen impecable, casi un mosaico. Carlos lo sabe y por eso en tono de broma pregunta “¿Qué chícles nos ganamos? ”
Según comentaron sus compañeros, en caso de resultar ganadores pedirán una carne asada con cervezas y así festejar pues a su dicho “no nos hace falta nada”.
El torneo fue bien recibido por los jóvenes, y no tanto por los adultos que expresaron en primer momento su negativa en algunas juntas de colonos, pero que ayer se mostraban sorprendidos y hasta satisfechos, “la verdad sí es arte el que hacen” refirió uno de los vecinos contiguos a un mural de los TBS.
Incluso para algunos el concurso les dio para planear nuevos proyectos, “quiero hacer una virgen de Guadalupe, es la que me llena, la quiero plasmar en esta esquina, hacer así dos ángeles aventándole brillo a la virgen y el mundo abajo de sus pies y letras que digan algo así como ‘reina de México o emperatriz de América’ y pues meterle detallitos como unos ramos de rosas al rededor”, dijo uno de los participantes.
Los resultados se darán a conocer a los participantes la próxima semana. Los grafiteros de la banda VRS, del Barrio de las Juntas en Tlaquepaque, serán los encargados de calificar los murales. Se escrutará la calidad del trabajo entre ella la técnica utilizada y si se apegaron al tema del concurso, Mi barrio, mi banda.
viernes, 9 de octubre de 2009
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